AGITADORAS

PORTADA

AGITANDO

CONTACTO

NOSOTROS

     

ISSN 1989-4163

NUMERO 31 - MARZO 2012

Colores

Paco Piquer

            Pedro elije la habitación oscura y húmeda del sótano. Tiene espacio suficiente y dos puertas de acceso, ¿una ventaja? Puede. Cuando el padre les muestra, prepotente, la propiedad en la urbanización de lujo que acaba de adquirir, Pedro pasa de alfombras y  mármoles; de la competición de éste con su socio  - ¿Si? Pues yo más -  que conlleva el cambio de vivienda. – Perteneció a un jeque árabe,  dice – Fijaos, fijaos qué detalles. Ya verá el chulito de Juan Luís – repite una y otra vez. Pedro se encuentra a gusto en el piso de antes. Cerca de sus colegas. Cerca de todo lo que puede interesarle, que no es mucho. A sus diecisiete tiene de todo y pasa de todo – Dejadme en paz – repite casi siempre antes de encerrarse en su cuarto y pasar hora tras hora dedicado a su única ambición. Pedro construye modelos a escala de aviones. Desde el más mínimo detalle y un único color para el fuselaje. Azul. Les pone un pequeño motor, los hace volar por control remoto en cualquier descampado y el mismo día los destruye. Su triunfo es ese: que sus pájaros azules vuelen una sola vez. Para nadie más, sólo para él, para su esfuerzo y su creatividad. Para un absurdo egoísmo. Luego, vuelve a empezar. Un nuevo modelo, como el que ahora construye. Lo de Cristina es otra cosa. La hija de Juan Luís, el socio de su padre,  tiene su misma edad y almacena su mismo escepticismo ante la vida. Sus padres se reúnen casi cada domingo, alternan los escenarios - Nuestra sociedad gana con la amistad – dicen. Pero, sin darse cuenta, establecen entre ellos una competencia ilógica. Las mujeres hablan de sus cosas; ellos de las suyas: casi siempre de ese hotel-rascacielos que edifican; de los enormes beneficios que les reporta esa concesión que han ganado. Pedro y Cristina se encierran en su cuarto y escuchan música. Sentados en la cama, comparten los auriculares del iPod. Alguna vez se toquetean; cuando las hormonas se despiertan, con un roce, con una mirada. Alguna vez llegan a algo más. Hace ya tiempo que descubren diferencias y deseos. Hoy es un jueves especial. Una de esas estúpidas fiestas religiosas que pueblan el calendario. Paella. En la mesa, Juan Luís presume de sus orígenes mediterráneos.  Pedro aborrece la paella – ¿Te frío un filete, hijo? – la mujer de Juan Luís le trata como tal. Cristina oculta una sonrisa. Sabe como odia Pedro ese tratamiento. Hijo, cariño, etc. Puede que a ella le suceda lo mismo. Pedro y Cristina se refugian en el cuarto de ella, como tantos domingos. Después saldrán a dar una vuelta por el centro. Se fumaran unos porros sentados en un banco, soportando un frío que parece no afectarles -  Nos piramos, ¿no? Esto no hay quien lo soporte - Cristina ríe. - ¿Te frío un filete, hijo? – Pedro la derriba sobre la cama y se tumba sobre ella. Se miran a los ojos. Ella trata de besarle. Pedro se incorpora – Estoy hasta los cojones. Vámonos - En el salón, lo de siempre. Las mujeres hablan de sus cosas; ellos de las suyas – No volváis tarde – lo de siempre – Abrigaos, que hace frío – lo de siempre. -  ¡Qué pareja! – dicen las madres. Los padres a lo suyo. Lo de  siempre. Por una vez los viejos tienen razón: es invierno y sopla un aire de la sierra que enrojece las orejas y la nariz. Las capuchas de sus chaquetas no son suficientes. – Vamos a mi casa. Te enseñaré el avión – Cristina es la única persona con la que Pedro comparte algo. Poco. En el sótano hace también frío. Pedro quita una manta de su cama. Se arrebujan en ella. Sentados en el suelo, contemplan la maqueta. Falta pintarla – Está bien, me gusta – dice Cristina. Guardan un prolongado silencio – Hace dos meses que no me viene – su voz es apenas un susurro. Pedro no dice nada. Sigue contemplando el avión – Mañana me compraré un bicho de esos – anuncia Cristina. Pedro asiente. Lía un canuto - ¿Quieres? -  No – Cristina rechaza el porro con un gesto – Vomito. La hoja del cutter es muy afilada. Cristina se desangra sin apenas un grito de sorpresa. Pedro la envuelve en la manta. Despacio. Con delicadeza. Se mancha la chaqueta. Las manos -¿Y Cristina? – preguntan los padres cuando llegan – Se ha ido a casa. No se encontraba bien – responde Pedro. Entonces se fijan en sus manos, en su ropa – Vaya. ¿Has pintado el nuevo avión de rojo? ¿Has dejado por fin el azul?– Dejadme en paz – dice cerrando la puerta. La nota que encuentran al día siguiente junto a los cadáveres es escueta. Como  sus vidas.

Colores

 

 

 

 

© Agitadoras.com 2012